Hablo pero no puedo decir nada

 por Allac Yarim

Así tituló Ernst Schmidtt sus falsas memorias. Relató una vida que no había vivido, una vida que apenas existió. Se hizo pasar por su hermana, fallecida a una temprana edad. Las primeras ediciones del libro estaban firmadas por Tonka Schmidtt, en ediciones posteriores el libro pasó de hermana a hermano, de Tonka a Ernst. “Hablo… pero no puedo decir nada” de Ernst Schmidtt. 

Ernst Schmidtt (1920-1990), nacido y criado en Leipzig, apenas viajó. Trabajó en la televisión estatal. No iba al cine y nunca compraba libros. 

No es precisamente su faceta literaria la que nos ocupa en esta ocasión, Ernst había hecho una película que dejó inacabada: una única película sin fin, como decía. Un proceso sin fin, una filmación sujeta al irrefutable vicio de filmar y no a la necesidad de hacer una película. Se tituló “Comedor”. 

Ernst filma a los trabajadores de un comedor público. Realiza las entrevistas en las propias casas de los protagonistas, convidándoles a realizar tareas domésticas cotidianas a un ritmo más lento de lo común. Labores como fregar, recoger, doblar, beber, levantarse, sentarse, andar… devienen en algo inusual. Al principio, el manido sentido común entorpeció el proyecto: algunos trabajadores no entendían porque tenían que hacer el ridículo fregando platos. Ernst intentaba explicarles que no quería que ellos se sintieran mal haciendo lo que hacen habitualmente, simplemente que intentaran hacer lo que hacen todos los días pero con otro ritmo, como si fueran otros, como si cuidaran el acto de hacer las cosas, como si pensaran por primera vez en lo que estaban haciendo. La explicación no convenció a muchos, pero siguieron con el proyecto. En una segunda fase, Ernst les legó el mando de la filmación. Tras un elaborado plan de rodaje, los invito a tomar el relevo en la filmación. Cada uno tendría por misión filmar una parte del complejo estatal. Simplemente les exigía cierto rigor estético, no mover sin necesidad la cámara y evitar el zoom. En una tercera fase, teniendo en cuenta que se alternaban las tres fases en el tiempo sin aparente cronología, sujetas al azar y posibilidades técnicas, Ernst se dedicó a recopilar archivos de la televisión estatal: imágenes de Leipzig tras los bombardeos, parques mutilados por el efecto de las bombas, primeras reconstrucciones, bombas sin explotar, desfiles militares, detonaciones de explosiones controladas, inauguraciones oficiales, reuniones y congresos de partido, acontecimientos deportivos, incendios, etc. El texto de la película actúa entre estas imágenes, como si de un murmullo se tratara, alterando una paz que las secuencias construyen. Ernst, en una mesa de montaje rudimentaria almacenaba el material e iba montando. Una enfermedad interrumpió su trabajo. Nunca quiso proyectar la “película sin fin”. Incluso los trabajadores, algunos de ellos ya jubilados, le encomendaban que por favor hiciera una excepción. No cedió. “La veréis cuando haya muerto, si es que no la destruyo antes”, decía. Al final se descubrió la película y la verdadera identidad de Tonka Schmidtt y una edición conjunta y cuidada del libro y el dvd vieron la luz. Ernst ya estaba muerto. Sabido es que los vivos son poco respetuosos con los juegos de identidades de los muertos: a cada uno lo creado, por siempre.

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