Exilio

 por Mar Muriana, directora editorial de Zimerman Ediciones

La editora granadina reflexiona sobre las literaturas del exilio. De los tiempos, anhelos y necesidades truncadas por el éxodo obligado. Del deber editorial en la restitución de la dignidad de estos relatos.

Suena extraño hablar de “literatura del exilio”. Es como si una hablara de literatura romántica o de literatura inglesa de finales del diecinueve, o de literatura fantástica, es como si estuviéramos hablando de un género más. La literatura del exilio está de moda. Se compra, se vende, se subvenciona y se apila en librerías y bibliotecas con la satisfacción del deber cumplido y la sensación de mantener la memoria histórica (qué otra expresión ésta) viva y sana. Pero ¿qué hay detrás de ese género que hemos creado y que compramos y vendemos sin pudor?, ¿qué es exactamente lo que creemos que estamos recuperando? Unos creen que recuperamos historias sobre nuestro pasado, sobre la manera en la que una vez fuimos, la manera en la que una vez nos comportamos unos y otros, historias que no podemos olvidar porque con ellas está nuestro pasado, nuestro país, nuestra religión, nuestra política; porque con ellas nos lamemos las heridas y nos pedimos perdón institucionalmente; porque son libros que nunca vieron la luz en sus países de origen y fueran buenos o malos, no fue su falta de calidad la que evitó su publicación, sino el exilio de quienes los escribieron… claro que sí. 

Otros creen que recuperamos autores, hombres y mujeres que escribieron en un lugar o en un tiempo equivocado, creadores que vieron truncado su camino y que quedaron encerrados en el mundo, sin pertenecer a ningún sitio. Literatos, artistas, filósofos o científicos, que se vieron forzados a abandonar su país en busca de un lugar donde sus ideas, su obra y su vida misma no fueran consideradas un peligro público, un objeto de censura, de purga, de cárcel o de asesinato… claro que sí. 

Pero lo que ya no podemos recuperar, lo que nunca podremos devolverle a esos creadores, es la oportunidad de ser hombres y mujeres de su tiempo, contemporáneos de sus gentes. La recuperación de su obra está, por naturaleza, enlatada, embutida en el traje del paso del tiempo y revestida de moralidad y conciencia. Nunca podremos devolverles la sorpresa del lector ante su obra, la indignación, el desconcierto, la decepción, el diálogo fluido ante un interlocutor válido, válido por su condición de igual, por su capacidad de asombro e incertidumbre ante el futuro. Nunca podremos devolverles esa sensación de abanderados que hace que los artistas se sientan vivos. No podemos devolverles las emociones del momento, la inmediatez de esa relación tan sagrada y única que es la del lector-autor. No podemos devolverles la inquietud y el miedo de publicar una obra y esperar su acogida por parte del público, el cosquilleo del éxito o la lección del fracaso… el resonar de su tiempo. 

En cualquier caso, aunque la inexistencia de toda esa producción literaria en sus países de origen es imperdonable y la labor de recuperación de esas obras es un deber, si es que apreciamos en algo la justicia intelectual, no deberíamos, no obstante, regodearnos en nuestra labor de restauradores de imagen, ya que aunque hoy recuperamos toda esa narrativa externa, libros, cuadros, poemas… de todos esos hombres y mujeres; la otra, la narrativa interior, es algo que nunca podremos devolverles y es esa la que debemos procurar no volver arrebatarle a nadie.

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