Jin Ping Mei, El erudito de las carcajadas

 por Alicia Relinque

Jin Ping Mei

El erudito de las carcajadas

Volumen I.
Traducción, prólogo y notas de
Alicia Relinque Eleta
Memoria mundi. Atalanta. Girona, 2010

 

La investigadora y traductora de la cultura china nos ofrece una reinterpretación de la primera parte del libro Jim Ping Meide El erudito de las carcajadas. Es la primera traducción al castellano de este clásico de la literatura china.

En un lugar de la China de cuyo nombre, el distrito Qinghe de Shandong, todos querrían olvidarse, no ha mucho tiempo que vivía una dama de baja condición y vasta experiencia, a quien los cronistas describían como una hermosa muchacha de tez de melocotón y cejas finas y arqueadas como el creciente de luna, pero de corazón de tigre.

Su nombre era Jinlian, Loto de oro, el apelativo por el que eran conocidos los pies diminutos, esos que había conseguido conservar desde que, en su infancia, su madre, la señora Pan, comenzara a vendárselos. Y sabed, mis estimados espectadores, que su madre no se los había vendado en un acto de crueldad; ¡no!, ¡en absoluto! Lograr unos pies diminutos que, como cantaba el poeta, dieran ganas a cualquier hombre de acariciarlos, besarlos, y hasta introducírselos en la boca, era la forma más segura de labrarle un buen futuro a su hija al lado de un caballero de provecho y de posibles o, al menos de posibles, que el provecho ya vendría de suyo si los posibles eran bastantes.

Y cuenta la historia, que el primer éxito de esta madre, fue vender a Jinlian con nueve años a la casa del comisario imperial Wang, donde la niña fue perfeccionando sus habilidades, y aprendió música, y aprendió a cantar. Supo como dibujarse las cejas, aplicarse el carmín y engalanarse para ofrecer su mejor aspecto. E incluso llegó a dominar con maestría el laúd, ese hermoso instrumento de cuerda con el que la literatura iniciaba todas las historias de amor….

Pero cuando Jinlian acababa de cumplir quince primaveras, murió el comisario Wang, y la señora Pan, siempre pensando en su hija, la reclamó de nuevo. La revendió por treinta taeles de plata a la familia de los Zhang donde, tras un tiempo de calma, y con los dieciocho años ya cumplidos, el señor Zhang se la benefició a espaldas de su esposa, la dama Yu. Mas la sospecha comenzó a nacer en ésta al oír a su hombre quejarse de que le dolían los lomos,  y ver  que lagrimeaba, y que se le escapaba el orín; y, aún más, que de día dormitaba y por la noche no dejaba de roncar. La cólera de ella fue tal que obligó a su marido a echar a aquella joven descastada; y él, incapaz de oponerse a los deseos de su mujer, decidió regalársela como esposa a un hombre honrado llamado Wu Zhi.

Este buen Wu Zhi se ganaba la vida vendiendo tortas, pero distaba mucho de ser un hombre de posibles, y su aspecto tampoco servía para compensar: medía apenas tres pies de alto; enclenque y de apariencia simiesca era además pusilánime y simple.

La pobre Jinlian, tan hermosa, se decía: “¿Acaso no ha nacido otro varón en este mundo como para haberme casado con este ser?”; y cantaba : “¿Puede un cuervo ser compañero del fénix? […] Mírame, soy teja de oro entre cimientos de barro.” Y los vecinos comprendían que aquella unión era una sinrazón, y canturreaban: “¿Cómo tan jugosa pierna de cordero ha podido caer en boca de perro?” Ya un poema lo atestiguaba así:

Bello rostro el de Jinlian, digno de tanto alabar,

provoca, cejas sonrientes, una montaña vernal.

Si un galán enamorado pudiera por fin encontrar,

con las nubes y la lluvia1podría a escondidas holgar.

Quién iba a imaginar que el Cielo tiene sus designios y que a su puerta llegaría ese galán. Un hombre fornido y valiente del que contaban que había matado con sus propias manos a un tigre; una balada que corría de boca en boca describía su lucha contra el feroz animal “…El tigre enfurecido ataca, es montaña que colapsa; el hombre que lo recibe, es colina que se abaja. Mas los golpes de sus brazos caen como cañonazos; garras y fauces se hunden aplastadas contra el barro. Sus pies y puños se abaten como furiosa tormenta, y entre sus manos comienza a correr la sangre fresca…” Y resulta que ese galán era, ni más ni menos, el hermano pequeño de su marido, al que llamaban Wu Song. Los hermanos se habían separado en tiempos de hambruna y fueron a reencontrarse en Qinghe.

Cuando Jinlian vio a aquel fornido hombretón,  pensó: “Quizá es el compañero que me estaba predestinado” Sin embargo sus ilusiones se quebraron como el vaso que él arrojó contra el suelo cuando ella, insinuante, se le ofreció con amor.

El resultado de aquel encuentro fue que su marido controló aún más su vida, que le impuso cerrar puertas y ventanas antes incluso de que el sol se pusiera por el horizonte, y que ella, poco a poco fuera resignándose a su suerte. Pero ya lo dicen por ahí: “Ay corazón juvenil, como hilo de seda se enreda; enciérrala en una jaula, mas no permanecerá presa.”

Y llegó un día en que algo tenía que pasar. Ella bajaba la antepuerta de su ventana con la ayuda de una larga horquilla cuando, de pronto, una ráfaga de viento se la arrancó de las manos; y la astuta horquilla fue a caer sobre la cabeza de un caballero. Era un joven de unos veinticinco años con aires de seductor, vestido de gasa de seda verde, con zapatos de la mejor calidad y calcetines de puro algodón; en su mano mecía un abanico moteado de oro que hacía resaltar su hermoso rostro. Su nombre era Ximen Qing y, estimados espectadores, éste sí era un hombre de posibles, e incluso podríamos decir que de provecho, porque sabía cómo extraer en cada ocasión y de cualquier lance comercial, amoroso o político un beneficio que acabaría llevándolo, incluso hasta la corte del emperador.

Se cruzaron las miradas de Jinlian y de Ximen Qing, y entonces el destino de ambos, que durante muchas vidas anteriores había preparado este encuentro, quedó sentenciado.

Y se amaron con pasión, y se entregaron el uno al otro con lascivia; se hicieron promesas profundas como el mar, juramentos sólidos como montañas.

De cómo tuvieron que deshacerse de Wu Zhi, de cómo gozaron de los placeres de la almohada durante su funeral, de quiénes se cruzaron en sus vidas y de qué fechorías se vieron impelidos a cometer para que la vida les siguiera permitiendo gozar, vino un letrado apodado El Erudito de las Carcajadas, a componer una larga historia, Jin Ping Mei, que se transmitió no sólo por el distrito de Qinghe; llegó hasta la corte, y siguió su recorrido más allá de las fronteras de su país, y atravesó los
océanos hasta llegarnos a nosotros hoy.

Pero si queréis saber lo que después ocurrió, escuchad la explicación en la siguiente sesión.


1En un poema de Song Yu (s. III a.C.) titulado “Gaotang fu” se relata el encuentro amoroso, en el Monte de las hechiceras, del rey Xiang de Chu (298-265 a.C.) y la diosa protectora de la Terraza del sueño de nube. Reproducido reiteradamente en diferentes textos, el encuentro consolidará la expresión “nubes y lluvia” (yunyu) como sinónimo de “copular”, pues al despedirse, la diosa le dirá al rey que lo acompañaría siempre puesto que “… por la mañana soy nube del alba, lluvia que cae al atardecer” en recuerdo a la noche de amor que habían compartido.

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