Cinismos globalizados

por José Antonio González Alcantud

No, no hablaré de magnates pútridos. No, no… Como la realidad ya ha superado tiempo atrás a la ficción, convirtiendo a nuestra época en un permanente dislate, me voy a permitir la licencia de no analizar ni fantasear, y sólo contar encadenadamente dos estrictas anécdotas hiperrealistas, donde azares y maldades globalizados por mor de los tiempos se cruzan.

Un anochecer, encerrado en un hotel cualquiera de Bogotá, por temor a la violencia nocturna, bebiendo un sorbo de ron, le pregunto al compañero decano de una añeja universidad andina, si él saldría de la ciudad al día siguiente, tal como habíamos planificado. “De hacerlo nos plagiará (secuestrará) el Mono Jojoy”, me contesta sin dudarlo. Desalentado por esta fallida incursión, dedíqueme a flanear por las calles transitables del centro de Bogotá. En mi flanear acabo deteniéndome en una hermosa biblioteca. Introduzco en sus catálogos al tuntún la palabra “banda de música”. Asombrado, compruebo que el catálogo vomita decenas de referencias. Me animo y comienzo a solicitar libros y textos. Uno de ellos me llama la atención: es un reciente informe oficial del gobierno, probablemente archivado aquí por error, donde se pide un empréstito internacional para llevar a cabo un patriótico plan nacional de bandas. Río para mis adentros: ¡un país en guerra pidiendo préstamos para formar bandas de música! Desde luego esta es la patria del imaginado coronel Aureliano Buendía, no más. Pero ésta es también una ciudad de prodigios, donde el capitán Gaitán, uno de sus muchos imposibles caudillos, fue balaceado en una esquina, mientras dos jóvenes, Gabo y Fidel, que aún no se conocían, paseaban por sus calles sin rozarse. Azares. Dándole vueltas al asunto de las bandas, reparo en que el hilarante empréstito tiene su miga: el proyecto gubernamental trataba de encuadrar a la juventud mediante la música para alejarla de los devaneos guerrilleros. Excitado por el descubrimiento, y con el recuerdo de casos semejantes acaecidos en mi Andalucía natal un siglo antes, me armo de razones para retornar a la vieja hipótesis platónica sobre la música y sus peligros. Al poco vuelvo a atravesar el Atlántico, en viaje de vuelta. El azar, una vez más, me hizo que la semana siguiente a la llegada tuviese que intervenir en un ciclo de conferencias organizado por una fundación sudamericana en mi ciudad andaluza. Por agradar a los organizadores decidí relacionar mis descubrimientos sobre las bandas de música andaluzas con lo que había llegado a mis manos en Bogotá poco antes. Al terminar la charla, la manager del evento, una destacada preboste sudamericana, me saludó fríamente. Percibí en ella hostilidad. Durante el café me sondeó para que le dijese cuáles eran mis fuentes. Acabé cediendo, y hablándole del encuentro casual con el informe del gobierno en la biblioteca pública. Irritada me espetó: “¡Es que yo he participado en la elaboración del plan de bandas del que habló, y era un plan muy bueno!” Estupefacto, no pude por menos que acordarme de André Bretón y sus azares objetivos. ¡Haber dado la vuelta al mundo para venir a encontrarme en una especie de humorada negra con la autora del proyecto que yo exhibía como pieza de trofeo!

Segunda escena hiperrealista. Coincido con un político de mi localidad en viaje de retorno de México. Charlando animadamente, en la suerte de intimidad aérea que confiere el cruce del océano, descubrimos que ambos poseemos una pequeña propiedad en un pueblecito andaluz enclavado en un paraje natural paradisíaco. Convenimos en lo placentero del lugar. Me insiste el político en que debíamos mantener el secreto para no dar lugar a una invasión urbanística. En un momento dado, mientras yo medio dormitaba, dejó caer: “Tengo alguna tierra en tal y tal lado y no sé qué hacer con ella”. No presté demasiada atención a esto último, convencido de las bondades conservacionistas del sujeto. De hecho, no volví a acordarme de la frase hasta un buen día en el que paseaba por los montes del pueblo citado. Al pasar por un montecillo, antiguo poblado preislámico, con hermosas tumbas talladas en la piedra caliza, oí un bramido de palas excavadoras, y vi a las máquinas herir con rapidez y brutalidad la tierra y desmochar los olivos centenarios. Pregunté a un campesino, aterrado de lo que veía, y éste me informó: “¡Están haciendo una urbanización!”. En mi mente se abrió paso de inmediato la conversación trasatlántica. Ya sabía dónde estaban las tierras sin destino del político, que me invitaba a guardar un secreto paradisíaco. Maldije mil veces a la ralea de cínicos que nos han hecho perder toda posibilidad de inocencia.

Ciertamente el planeta se ha encogido, y al igual que a la “viuda negra” –una arañita súper venenosa salida de los bosques tropicales, que da muerte al macho después de haberse dejado fecundar por él- la podemos encontrar ya en los olivares andaluces, tras haber viajado por avión en una caja de frutas; las maldades viajan de aquí para allá, o de allá para acá, sin pudor y sin freno. Nuestro único consuelo es descubrirlas gracias al azar.

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