Democracia Corinthiana

 por Joao Bosco Filho


Imagine un país que es el mejor del mundo en el fútbol, pero cuyo deporte es dirigido por mafias, enraizadas en redes capilares de clientelismo local que se ramifican hasta los altos escalones de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Imagine que ese país desde hace década y media vive bajo dictadura militar, régimen que se alimenta y refuerza el control de estas mafias sobre la mayor pasión cultural y deportiva de su pueblo.

Idelber Avelar

Hace 30 años Brasil vivía bajo una dictadura militar, cuya estructura se reforzaba dentro de la mayor pasión nacional: el fútbol. La cultura anti-democrática, todavía presente en el fútbol mundial, se reproducía a tra­vés del terror y de la completa ausencia de poder decisorio de los máximos responsables del espectáculo, es decir, los jugadores.

Por esta misma época llegó al Corinthians, segundo equipo más popular de Brasil, un tipo llamado Só­crates, un jugador con nombre de filósofo y sin apariencia futbolera. Era alto, delgado y tenía los pies pequeños. No le gustaba entrenar, fumaba y bebía. Usaba melenas y barba, además de  haber estudiado medicina. Un verdadero extraterrestre. Aún así, Sócrates, o “Doctor”, como era conocido, fue un futbolista mítico. Iba a entrar en la historia del deporte brasileño no sólo por la calidad de su fútbol.

Años después, se unieron a él una generación de “cracks” que no se limitaron a jugar al fútbol y escribieron una de las páginas más interesantes del deporte brasileño. Además de Sócrates, jugadores como Wladimir (un lateral-izquierdo comunista), Casagrande (un delantero al que le gustaba el rock, la marihuana y el teatro), Biro-Biro, Luis Fernando y Zenon, y el director de fútbol Adilson Monteiro Alves (sociólogo y ex militante  estudiantil).  Literalmente tomaron el poder dentro del club y crearon lo que fue conocido como Democracia Corinthiana. Con ellos, el fútbol extrapoló los límites deportivos y asumió aspectos políticos, sociales y culturales.

La democracia Corinthiana fue un movimiento que buscaba otorgar derechos a los jugadores, basado en un sistema de auto-gestión donde todas las decisiones referentes al club: régimen de concentraciones, esque­mas tácticos, días libres y hasta la elección del entrenador, eran tomadas en conjunto, en asambleas. Desde el peor de los reservas hasta el presidente del club, todos tenían el mismo peso en las decisiones. Según el sociólogo Emir Sader, «esa experiencia ocurrió sorprendentemente y prematuramente en el Corinthians, uno de los equipos más populares de Brasil. Cuando nadie en el país podía votar, los jugadores de aquel grupo conquistaron el derecho de decidir sobre sus rumbos».

El movimiento sobrepasó las cuatro líneas y ganó las calles. La batalla dentro del club reflejaba la lucha más amplia de la sociedad contra el autoritarismo de la dictadura militar. Los jugadores del Corinthians participaron activamente de todas las manifestaciones en defensa de la apertura política y por el fin del régimen. Dentro del campo, la plantilla daba voz al deseo de una sociedad harta de militares, estampando en sus camisas la palabra “democracia”.

Desde el punto de vista deportivo, el movimiento también tuvo éxitos, el Corinthians fue bicampeón del Estado de São Paulo en los años 82 y 83.

La Democracia Corinthiana empezó a morir en 1984 cuando Sócrates fue transferido a Italia y Casagran­de fue vendido al rival São Paulo. Sin dos de los principales mentores, y “cracks” del equipo, fue más fácil para las corrientes conservadoras existentes dentro del club retomar el poder y decretar oficialmente muerto el movimiento. La experiencia no consiguió vencer las arcaicas estructuras de poder del fútbol brasileño, pero puede ser considerada un preludio de una experiencia democrática que hasta hoy Brasil no ha ejercido plenamente.

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