Siguiendo la huella del oro nazi

 por Daniel Carrillo, periodista y autor de artículos de primera necesidad 

Alemanes recorrieron el sur de Chile pagando millonarias sumas por viejos tractores.

“Sabíamos cuando estaban muertos, pues los gritos cesaban. Esperábamos normalmente una media hora antes de abrir las puertas y sacar los cadáveres. Una vez fuera, nuestros comandos especiales cogían los anillos y arrancaban el oro de los dientes postizos de aquellos cuerpos sin vida”. por Daniel Carrillo

La descarnada descripción que hace Rudolf Hess, comandante del campo de concentración de Auschwitz, contrasta con el trato afable y risueño de dos hermanos alemanes que con una curiosidad casi infantil recorrieron el sur de Chile preguntando si alguien tenía o había visto un tractor Lanz Bulldog de 45 caballos de fuerza: una verdadera reliquia o, según se mire, un montón de fierros viejos de fabricación germana.

A pesar del contrapunto, en algún renglón las líneas de ambas historias se conectan. Y el final queda abierto.

“Era Thomas Tisch, su hermano y otro alemán, que venía de Osorno”, dice Víctor Cuvertino, quien los vio llegar a su taller mecánico casi junto con la noche, un día que no recuerda con precisión, a pesar del esfuerzo que hace por acordarse y de la exhaustiva revisión de su archivador de tarjetas de presentación. Ahí, entre varios papeles, aparece el nombre de Tisch y un teléfono de contacto.

“Me encargaron tractores Lanz Bulldog modelo 45, que son más o menos de 1942 hacia adelante. Tenía un joven que salía a buscarlos por los campos, incluso una vez fuimos a Valdivia a retirar uno. Yo se los cancelaba y después los vendía a los alemanes. Ellos eran amables y pagaban no más y se iban”, cuenta escuetamente Cuvertino, quien llegó a venderles una decena de dichos vehículos, que compraba a unos 500 mil pesos y por los cuales los extraños visitantes le dejaron hasta un millón 200 mil pesos.

“Muchos estaban botados como chatarra, pero el valor que ellos le daban dependía del número que traían en el cigüeñal, porque a veces había máquinas en buen estado, andando, y no les interesaban. En muchas ocasiones se llevaron los más malos”, comenta, reconociendo que no le dio mayor importancia a la mañosa conducta de sus compradores, que volvieron varias veces a Lanco (Región de Los Ríos, sur de Chile) en busca de su preciada mercancía, que Cuvertino suponía tenía por destino a algún coleccionista.

“No sospeché nunca ninguna otra cosa, hasta que el señor Cuevas me contó la otra historia…la historia del oro”.

BOTÍN

Según se estima, durante la Segunda Guerra Mundial los nazis se apoderaron de unos 8 mil millones de dólares, gracias a los saqueos a once bancos centrales, entre ellos los de Noruega, Bélgica y Luxemburgo, cuyo oro partió a Berlín, y también producto de los robos a los judíos.

Parte del botín habría ido a parar a Suiza y la otra, tal vez, a Latinoamérica. En este punto la historia comienza a mezclarse con el mito: ante la inminente derrota frente a los aliados, los hombres del Tercer Reich habrían ocultado el oro robado en el interior de algunas piezas de los tractores Lanz Bulldog, puntualmente los de las series 707 y 747.

DOS KILOS

Pedro Cuevas fue más afortunado que Cuvertino: llegó a vender unos cuarenta tractores, algunos de los cuales compró en apenas 20 mil pesos y pudo sacarles hasta tres millones y medio. Claro que los hermanos Tisch no fueron sus únicos clientes. “Ellos llegaron el 98. Yo había empezado a juntar chatarra y como tienen el cuerpo de fierro fundido, estaba juntando tractores Lanz. Ellos pasaron y vieron las máquinas a la orilla de la carretera. Esa vez se llevaron dos en un millón de pesos, siempre andaban con un maletín lleno de billetes”.

Los alemanes le dejaron el encargo de buscar más. Cuevas debía llevar los modelos que encontrara en su camión hasta Victoria, donde los hermanos tenían un conocido. Al poco tiempo llegaron más germanos tras la huella de estos vehículos. Incluso conocían su nombre. “Pedro, nosotros pagamos mejor que Tisch”, le dijeron de entrada. Se trataba de un tal Janz y otra persona que él supone que se llamaba Pierre Werchaldy -que fácilmente podría ser algo así como Piet Verschelde, que en http://www.pietverschelde.com exhibe una gran colección de tractores antiguos.

Este lanquino entabló una cercana relación con los extranjeros y una vez fue con ellos a Teodoro Schmidt a comprar unos Lanz. En la noche bebió con ellos y le preguntó a uno por qué tanto interés por esos vejestorios. “Traen oro, Pedro, dos kilos doscientos de oro”, recuerda que le contestó Janz, negándose sí a revelarle el escondite de ese tesoro, equivalente a unos 500 mil dólares del preciado metal por cada máquina.

Como presa de una fiebre, Cuevas desarmó un tractor por completo y detrás de la caja de cambios halló piezas de un bronce especial. “No era una máquina de la serie que ellos buscaban, en esos sí que debió estar el oro”, reflexiona, sin por eso arrepentirse de la venta, que sigue considerando un negocio redondo.

(Artículo publicado originalmente en El Diario Austral de Valdivia, Chile, mayo de 2006)

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