Un año en bicicleta

 por Íker López // Fotografía: Íker López

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Entre 2004 y 2005, Iker López salió en bicicleta desde Matauko (Álaba) con destino a Nepal. Tardó nueve meses. Lo que sigue son fragmentos de su diario de viaje.

(Matauko, Alava): Día previsto de salida. Ya me he despedido de toda mi gente, y mi madre trastea por toda la casa. No sé si salir, está medio lloviendo, por un día más…joder, está mi madre con los ojos lacrimosos. ¡Me voy! Agur, Aitzkorri, Aratz, Itxogana, Gorbea… os veré de nuevo… algún día. por Íker López // Fotografía: Íker López

(Costa azul, Francia): Durmiendo en la playa, una oreja escucha el sonido del mar y la otra los coches que pasan constantemente por la carretera cercana. En la duermevela, una percepción de todas las carreteras del mundo con vehículos, echando ruido y humo y ocupando la tierra; imagen de la marabunta en la que nos estamos convirtiendo.

(Costa toscana, Italia): Cuesta arriba, sol, sed, sudor. Más arriba un árbol enorme y solitario al lado de la carretera. Lo admiro en la distancia, llego a él y, por unos segundos, el paraíso en la tierra. Después, sigue la cuesta.

(Costa napolitana, Italia): Cuesta abajo en un día brillante, el mar a la derecha y la campiña a la izquierda. La carretera baja suavemente, no hay casi tráfico y voy sintiendo a brisa y admirando el paisaje sin estar pendiente de los frenos, al ritmo perfecto.

(Costa adriática, Italia): El mar tira después de la sudada de la jornada. En la playa me dejan snorkel, gafas, pies de pato y me zambullo. El agua está cristalina y a mi derecha veo una medusa enorme que nada tranquilamente. Ella va a su bola y yo la sigo a una distancia prudencial. El tiempo no cuenta, estoy volando… ¿notará el bicho que tiene un colega?

(Monte Olimpo, Grecia): Si uniera todo lo que me gusta de un pueblo, saldría Litohoro. Pueblito a 3 km del mar, soleado pero no seco, con huertas alrededor y con los pies del macizo montañoso detrás. Convenzo a la de la oficina de turismo que de que me deje ubicar la bici unos días, acoplo a una alforja unas correas para usarlas como mochila y comienzo a subir por el desfiladero. En el sendero, arroyos, ermitas, hayas y pinos añejos, última trepada y la cima, a tres kilómetros de altura y a diez del mar. He llegado temprano, no hay nadie. ¿O sí?

(Costa Egeo, Grecia): Llego a la playa con hambre de comida y de chapuzón. Después del baño, me dispongo a ventilarme una lata de dolmadakia cuando una familia griega me ve y me invita al picnic familiar. Filetes, patatas, ensalada, vino. Después de llenar mi estómago y mis necesidades de relación social, me despido tambaleándome por el peso de las dos bolsas que llevo colgadas del manillar, a rebosar de tomates y maíz cocido recién cogidos de su huerta.

(En cualquier sitio): He retrocedido en el tiempo, me he convertido en un nómada recolector (que no cazador). Con la bici percibes todos los olores, y entre el sempiterno hedor diesel y de asfalto, se distinguen otros más sutiles. Para percibir también los sabores, no tengo más que parar la bici un minuto, saltar la acequia y coger un puñado de…lo que sea, manzanas, higos, uvas, moras, melones, naranjas…

(Costa Egeo, Turquía): Chan-tata-Chaaan, señoras y señores, niños y niñas, con ustedes…¡¡el circo volante!! (plasplasplas…) Ralph, el artista principal, como no sabe turco pone solamente el acento, las palabras son sonidos sin sentido. Pero todo el pueblo se arremolina alrededor de estos melenudos con bicicletas extravagantes. Yo no tengo idea de tocar ningún instrumento, pero me he acoplado al grupo, así que me enganchan la pandereta. En los momentos de tensión la agito cual serpiente de cascabel, y en los eufóricos, doy grandes palmas. Nos dan de comer bien…

(Meseta de Anatolia, Turquía): El olor normal del ciclista de bajo presupuesto no es muy agradable. Lo he comprobado en una cuesta arriba pronunciada, cuando un coche que me ha pasado, ha parado unos metros adelante. Sujeta en la mano un frasco de… ¡perfume! Haciéndome gestos de que me lo eche por el sobaquillo, me lo ha regalado. Finos, los turcos.

(Montañas, Kurdistán turco): Tierras desoladas, en otoño comienza temprano el frío. Los rebaños son de cabras y los perros, jodidos. En cuanto ven dos ruedas, se tiran a por ti. Menos mal que tengo el palo espantaperros. Pero no funciona con niños, que al grito de guerra “¡turist!”, nos lanzan piedras. Las montañas kurdas son para darle bien a los pedales.

(Montañas, Kurdistán turco): Después de la velada viendo “Matrix II” en pantalla “ultramega” con el anfitrión (situación inesperada en ese lugar), nos echamos al suelo con los sacos. La noche empieza con el típico ratoncillo tocapelotas que cuando te vas a dormir se acerca y cuando te levantas y juras, se escapa hasta 5 minutos después. Opto por meter la cabeza en el saco, tapones en los oídos y que ande por donde le dé la gana. Nos levantamos fatal del estómago. El anfitrión ha marchado y el roedor se ha quedado pegado en un pegamento atrapa ratones. Todo el día tumbado en el suelo, me reflejo en la agonía del ratoncillo.

(Azerbaiyán Iraní): Me dispongo a dormir en un chamizo infestado de ratas cuando vienen unos chavales a estar conmigo. Me invitan a dormir en una fábrica cercana, donde hay una habitación iluminada solamente por el gas de una cocinilla, y distingo el rostro enjuto de dos ¿ancianos? en cuclillas. Dormiré acompañado. El cansancio acumulado se mezcla con el vapor del opio que están fumando, consiguiendo que esté con ellos en un estado de placidez, oyéndoles charlar en farsi como si entendiera…

(..en cualquier lugar…): La bici está siendo algo más que unos hierros con gomas. Estoy tanto tiempo con ella que soy como un centauro mecánico. En casa no le hago mucho caso, pero aquí en cuanto oigo un sonido no habitual en la tradicional orquesta de chirridos me paro y escudriño. Me va mucho en ello, y ella me lo agradece, paso a paso.

(Azerbaiyán Iraní): Después de un mes acompañado, de nuevo la soledad. Mientras lo pienso (lo siento), unos retortijones me sacuden las tripas. Estoy en los bajos de un edificio en construcción de algún pueblo. Tengo frío, llueve y estoy empapado. Me viene a la cabeza el desistir, en medio del viaje… pero creo que seguiré.

(Baluchistán, Pakistán): Tierra fronteriza y tribal, de tradiciones arraigadas. Camino por las calles de Quetta siempre acompañado, con Ejaz o Noorulak, por calles oscuras con sombras embozadas (hace frío, es invierno). Soy el huésped, y eso vale para vivir unos días en una jaula de oro, no me permiten ni siquiera invitarlos a algo. En casa de Ejaz, en diez días que estoy no veo en ningún momento a las mujeres y, sin embargo, conozco a todos los primos y demás parientes masculinos.

(Baluchistán, Pakistán): Bajando el mítico puerto de montaña, el Bolan Pass, la policía me ordena parar porque, según ellos, no puedo circular solo en bici. Así que empiezo una excursión en grupo por todo Pakistán que durará dos semanas. Durante el día, yo en la bici y el furgón policial a mi paso por detrás. A la noche, yo en la cama y un tío con un AK-47 en la alfombra o el pasillo. Y cuando hay atascos en los pueblos, no problem, sir! la chirula a tope, todo el mundo se aparta y mira con cara de circunstancias a un turista en bicicleta seguido por la policía a paso de burra.

(Alguna carretera de Pakistán): No tengo mucho trato (ninguno) con las nativas, así que cuando sus ojos se han clavado en los míos, de poco me salgo del asfalto. Sólo se le ven los ojos, va en la parte trasera de un rickshaw, y acompañada de un barbudo que también me mira fijamente…opto por mirar al asfalto, más monótono pero menos problemático.

(Lahore, Pakistán): Agarrado a la cintura de Sahal, voy en la moto a toda leche por las calles desiertas de la ciudad. Llegamos al mausoleo del santo sufí. Ya se oye la algarabía. Decenas de personas sentadas en círculo y en medio, gente en trance, moviéndose espasmódicamente al ritmo de un barbudo con tambor. El tamborilero es diestro, maneja a todo el personal, nos pone los pelos de punta. En el aire, humo de hachís y ritmos repetitivos. Repetitivos pero cada vez más frenéticos. El danzante que cae es rápidamente recogido, todos estamos por saltar por los aires, y en ese momento, un tío hace sonar un cuerno y todo el mundo pega un grito…y de nuevo el tamborilero va cogiendo el ritmo, suavemente…

(Dharamsala, India): Me acerco a visitar un pequeño templo de refugiados tibetanos. La sala es espaciosa y está vacía. Recuerdo los  cuatro detalles técnicos que me han enseñado y me dispongo a pasar un rato meditando. Hasta ahora, siempre que me he sentado he pasado poco tiempo: el dolor de espalda me encorvaba y los pensamientos se anclaban en mi mente. Pero esta vez es diferente, me concentro y me encuentro en el presente, aquí y ahora, límpida la mente y unido a todo. Abro los ojos y veo la estatua de Buda, reflejo en ese momento fugaz. Sonrío y pienso, jodido Buda…

(Jodhpur, India): El ajetreo del día da paso a la tranquilidad nocturna, y me fijo en un puestito de tres metros cuadrados donde un hombre en cuclillas parsimoniosamente remueve la leche caliente en su gran cazuela. Se respira serenidad y buen hacer a su lado, y me siento con él. Me prepara un gran vaso especiado, como si fuera lo más importante del mundo, me lo tomo en silencio y me voy con una sonrisa. Ha merecido la pena el día.

(Jodhpur, India): Me he hecho colega de unos chavales que venden huevos fritos en la calle. Resulta que hoy es el Moharram, la fiesta de los chiíes, y me han invitado. Me siento especial. Hay muchos extranjeros en la ciudad, pero ninguno en éstas callejuelas. La historia es mascar bien de betel y tabaco para aguantar toda la noche. Hay diferentes grupos, y una persona de cada uno va con un tambor enorme. Van aporreándolo, pasándoselo y poniendo posturas raras. Cuando me lo pasan, todos se descojonan y yo me doblo hacia delante por el peso.

(Terai, Nepal): Me dice qué hay que hacer en caso de que veamos un tigre, un elefante, etc. Le hago caso, me hace gracia. Va con sandalias y se las quita para sentir con el pie el calorcito de las boñigas y calcular cuándo ha pasado el animal. De repente, me dice que deje la mochila y le siga rápidamente. Es menudo y vivo, y va brioso por el bosque. “¡Al árbol!” Trepamos y en nada, aparece delante de nosotros un rinoceronte nepalí entre los troncos. Como una cuña, va en línea recta por el bosque y se queda un rato parado, mirándonos. A ver quién baja para ir… de camino a casa.

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